¿Qué sucede en nuestro cerebro cuando hacemos ejercicio?

El ejercicio ayuda a mantener nuestro corazón y cerebro lo más sanos posible, lo hace en cualquier etapa y situación de nuestra vida.

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¿Cómo cambia el cerebro cuando hacemos ejercici? (Foto de Jonathan Borba en Pexels)
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El movimiento es la base de nuestra interacción cotidiana. Lo efectuamos tanto para desplazarnos (caminar o correr) como para alcanzar objetos, relacionarnos con el resto de las personas o solucionar problemas. Por ejemplo, salvando caídas por agujeros del pavimento.

Engloba una serie de componentes corporales (sensoriales, cognitivos y motores) e influyen en él factores sociales, del entorno y personales.

¿A qué llamamos ejercicio?

El ejercicio es toda aquella actividad sistematizada, repetida y planificada, con objetivos cardiovasculares y musculares. Se puede prescribir de manera terapéutica, ya sea analítica o funcional. Todo ello depende de los objetivos buscados en personas que padecen alguna enfermedad.

Es bien conocida la cantidad de beneficios que aporta al organismo el simple hecho de ser activos. Pero en la última década, hacerlo de manera sistemática y frecuente está mostrando además enormes beneficios en el cerebro. Esto depende también del tipo de ejercicio realizado, la intensidad alcanzada y las diferentes posibilidades de evolución.

Como consecuencia, también promueve nuestra salud cerebral. Así, ayuda a prevenir el deterioro cognitivo y demencia, permite tratar enfermedades neurovasculares y neurodegenerativas y protege al sistema nervioso durante la evolución de las mismas.

Así cambia el cerebro cuando hacemos ejercicio

Existe abundante y sólida evidencia científica que muestra la relación entre la práctica de ejercicio y las adaptaciones cerebrales que se producen. Por ejemplo, al empezar a hacer ejercicio, la contracción muscular demanda mayor volumen de sangre bombeado por el corazón. Esto hace que aumente la llegada de flujo sanguíneo al cerebro a través del sistema cardiovascular.

Tales aportes sanguíneos permiten la llegada de oxígeno y nutrientes al cerebro. Recordemos que estos son tremendamente necesarios en casos de lesiones del sistema nervioso, pero igualmente indispensables para el buen funcionamiento de este órgano.

De la misma manera, la mayor perfusión cerebral posibilita la creación de nuevas vías vasculares que canalicen ese flujo (angiogénesis). Todo ello da paso a la liberación de factores de crecimiento, principalmente neurotróficos, tremendamente importantes a la hora de crear nuevas uniones neuronales (sinaptogénesis).

Este proceso biológico aumenta la eficiencia neural y la plasticidad sináptica. Es decir, la propensión natural del cerebro a responder dinámicamente a los estímulos.

Además, incrementa el volumen cerebral, permitiendo mejoras en las funciones ejecutivas, el aprendizaje y la neuroplasticidad. Estos cambios mejoran el funcionamiento de las estructuras y circuitos involucrados en la cognición y en la actividad motriz.

El ejercicio como medicina

El ejercicio ayuda a mantener nuestro corazón y cerebro lo más sanos posible. Lo hace en cualquier etapa y situación de nuestra vida, debido a las adaptaciones estructurales y funcionales que genera. Mantener un estilo de vida activo previene sufrir enfermedades relacionadas con la vida sedentaria.

Además, realizarlo de manera terapéutica cuando una enfermedad aparece permite afrontar e intentar recuperar los síntomas que provoca a corto y medio plazo en el cerebro. De la misma forma, genera un efecto neuroprotector a largo plazo, evitando las recaídas y el rápido progreso de enfermedades neurológicas.

¿Qué tipos de ejercicios benefician al cerebro?

Elegir el tipo de ejercicio es fundamental. Debe ser motivador y se debería poder practicar de manera continua. Es decir, que encaje en nuestro ritmo de vida.

Para poder elegir el más adecuado, la neurociencia, de nuevo, nos aporta evidencia acerca de qué zonas del cerebro se activan al hacer ejercicio (hipocampo y corteza prefrontal principalmente). Por eso, cuando se prescriba en casos de discapacidad, debemos tener muy en cuenta el programa de ejercicio terapéutico diseñado.

Podemos distinguir, según la Asociación Americana de Cardiología y la Asociación Americana de Ictus, diferentes tipos: aeróbico, de fuerza, de coordinación y de estiramientos activos. Lo ideal sería que pudieran alternarse.

¿Cómo prescribir ejercicio adecuadamente?

No hay una propuesta global. La premisa fundamental es adaptarlo a las necesidades de cada uno. Siempre de forma individual. Por eso, es importante tener un abanico de posibilidades en función de las capacidades y necesidades.

Cada tipo de ejercicio aporta mejoras específicas si se dosifica adecuadamente, si se hace a menudo (frecuencia) y con cierta carga de trabajo (intensidad). Además, debe tener una duración mínima, empezar lo antes posible (tanto en presencia o ausencia de enfermedad) y contar con posibilidades de progresar para motivar, retar y aportar mejoras continuamente.

Aquí radica el éxito de los programas de ejercicio en personas con muy distinta sintomatología neurológica. Para cada una se deben ajustar individualmente los componentes anteriores. Esto asegurará que los efectos del estrés que produce el ejercicio sean beneficiosos. Deben generar tensiones y esfuerzos fisiológicos que permitan adaptaciones progresivas del sistema nervioso, nunca estresando en exceso.

Por último, es importante ofrecer posibilidades de hacer ejercicio en distintos entornos motivadores para personas con capacidades reducidas. Necesitan retar su esfuerzo fisiológico mediante el ejercicio, pues, como hemos visto, es fundamental para estimular las adaptaciones que conducen a cambios en su salud cerebral a corto, medio y largo plazo.

Por eso debemos promover entornos factibles e intensidades accesibles, que en conjunto harán el ejercicio posible. Así que, activemos los músculos, activemos el corazón, ¡y activemos el cerebro para tener una vida más sana¡The Conversation

Javier Güeita Rodríguez, Profesor en Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Rey Juan Carlos

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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