Viaje a San Sebastián

Columna de Rodrigo Ordóñez: Viaje a San Sebastián

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El 1 de febrero de 2018 tuve la oportunidad de acompañar a las y los integrantes del Prohispen a develar la placa conmemorativa “Raúl Renán” en la Escuela Primaria “Manuel Cepeda Peraza”, ubicada en el barrio de San Sebastián, donde el reconocido poeta experimental efectuó sus primeros estudios.

Además, este barrio aportó muchas vivencias y recuerdos que le permitieron construir la novela Los pateadores de San Sebastián.

Sin embargo, San Sebastián ha estado presente desde que era niño, más los sábados que acudíamos al mercado, ya sea a comprar algunas cosas para el fin de semana en el balneario San Isidro, donde crecí con mi familia, ahí recorríamos los puestos que ofrecían los primeros cassettes grabados de música mezclada, el show de Memo Ríos, mejor conocido Memotronic, que en los años noventa parodiaba las canciones al ritmo de rap; también habían grabaciones del Tri de Alex Lora, compilaciones de rock mexicano o The Doors.

Pero en la esquina, sobre la calle 77 con 70 había un puesto de periódicos que cada semana surtía su negocio con los diferentes cómics como El Libro Vaquero, Joyas de la Literatura y, en especial, iba por las ediciones semanales de Marvel Comic Presenta, ya sea los X-Men, Los Nuevos Vengadores, Los Vengadores de la Costa Este, Capitán América, Los Cuatro Fantásticos o la saga Actos de Venganza, Guerras Secretas y la quincenal, si le memoria no me falla esa era su periodicidad, El Sorprendente Hombre Araña, que venía en un formato más grande, cuyas portadas exhibían el famoso precio pacto de 1.20 nuevos pesos.

Los fines de semana, los barrios del sur teníamos por costumbre ir a la cancha de basquetbol a los bailes de Flash Gordon, que era el más famoso luz y sonido de esos años, empezaban a las nueve de la noche, aunque en realidad hasta las 10 u once de la noche comenzaba a llenarse de jóvenes, que podría derivar en un gran baile o una batalla campal porque íbamos de diferentes colonias hasta ahí.

En esta época iba con mi hermanito Guillermo y nos acompañaban Alejandro Pérez, Pichi Buches, Pesca, entre otros, pero siempre acudíamos en camión hasta ahí.

Toda la noche era la nueva música disco como “La Química”, “Mis Ojos Lloran por Ti”, Proyecto Uno con el “Tiburón” y “Está Pegao”, que terminaban a las dos o tres de la madrugada para emprender el regreso a casa caminando por toda la calle 66 hasta la Base Aérea.

Después de casarme, ese barrio obtuvo un nuevo matiz que se convirtió en nuestro lugar de lujo para pedir comida, antes que las tortas de pierna, jamón y queso se conviertan en verdaderos artículos de lujo con esos precios actuales.

Antes de nacer Rodri pedíamos a domicilio en la Poderosa (hay como 4 creo ahora en ese mismo espacio), esperábamos que llegará el pedido en bicicleta y platicábamos sobre los planes que teníamos para el futuro.

Creo que esa es la magia de Mérida, todos construimos su historia desde las partes que decidimos conservar en nuestra biografía.

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